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El secreto de la Terapia: es una Relación

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«Recuerda: Es una relación.»
Miré agradecida a mi supervisora a medida que hablaba en calmada verdad a mi ansiedad. Estaba a punto de recibir al primero de mis clientes cuando llegue a la conclusión definitiva: no sabía nada.
Con sus palabras orientándome, tomé una respiración profunda y fortificante, y empecé este viaje de la vida como terapeuta. Esos momentos y con mis primeros clientes, me sentía nueva, poderosa, y terrible, todo a la vez. Sin embargo, las palabras de mi supervisor eran una brújula, que señala el camino con cada nuevo cliente:
La terapia es una relación.
No suena como mucho. Pero es todo.
Porque en las relaciones nos rompemos.
En las relaciones nos herimos.
En las relaciones nos decepcionamos.
En las relaciones sentimos vergüenza.
En las relaciones nos sentimos solos.
La terapia es una relación, pero una en la que se sana. Se da testimonio de la historia de alguien. Es entrar en el desorden y el dolor. Es estar presente. Es dar y recibir gracia, búsqueda de la verdad y escucha. Es honrar los momentos … de lo ordinario a lo extraordinario, de la oscuridad a la luz. Es una invitación a la vulnerabilidad que vence la vergüenza a su paso.
La terapia es donde la curación puede ocurrir, debido a que es en relación, y no en arreglar o solucionar donde nuestras verdades pueden ser conocidas y entendidas … Debido a que es en relación que nos damos cuenta de que estamos un poco menos solos y somos un poco mas normales de lo que pensamos. Debido a que es en relación que nos damos cuenta de que, incluso si no fuéramos «normales», somos queridos.
Varios años después de mi primer cliente, me despedí de mi último supervisor antes de entrar en la siguiente etapa de mi viaje, como un doctor con nuevas letras detrás de mi nombre. La abracé fuertemente y susurre suavemente en su oído, «¿Que pasa si no sé nada?» Ella sonrió con calma con un ligero brillo en sus ojos, sabiendo que ya sabía la respuesta. Sin embargo, me respondió de todos modos, con las mismas palabras dirigidas a mí ­ años antes:
«Recuerda: Es una relación.»
Y ese momento, mi entrenamiento habí­a dado una vuelta completa. El viaje comenzó con la relación, y terminó con la relación. Nuestras heridas funcionan de esa manera, también. Se abren en las relaciones, y, más tarde, se encuentran con la gracia y la curación en las relaciones también. Vamos todos a recordar eso.

Miranda Meadows, 2016

Materialismo Espiritual

Awarenes

Vivimos tan pendientes de nosotros mismos que nos olvidamos de vivir. Estamos metidos de lleno en la era del autoconocimiento, de la dedicación a uno mismo, y hemos caído en la trampa.

Cuando los ciudadanos de la antigua Grecia acudían a consultar el oráculo al templo de Delfos, se encontraban con una frase en el frontispicio que decía: “Conócete a ti mismo”. ¿Qué es lo que quería decir? ¿Acaso se exigía a sus visitantes un examen pormenorizado sobre sus defectos y virtudes? Por supuesto que no.

Más bien se trataba de un imperativo de prudencia, una exhortación a ser mesurados a la hora de pedir al oráculo. Había que tener cuidado con las grandes expectativas y esperanzas, con los deseos de sanación, con esperar una excesiva generosidad. En definitiva, venía a decir que mejor no pedir la luna porque al fin y al cabo somos mortales y no dioses. Entonces, indagar en el interior de cada uno es llegar a conocer los límites propios, no presumir de nada en exceso ni confrontarse como lo hizo el titán Prometeo con los que habitaban en el Olimpo.

Cientos de años después, el consejo se puede seguir aplicando: llegar a entenderse es como alcanzar los secretos del universo y de los dioses, pero tal conocimiento se encuentra oculto, como un tesoro, dentro de cada uno de nosotros.

Llevamos unos años inmersos en una floreciente industria destinada al autoconocimiento. Hoy día vende mucho todo lo que está relacionado con dedicarse a uno mismo, ya sea en el ámbito de la estética, la dietética o para cuestiones más trascendentales, psicológicas o espirituales. Alguien dijo al describir este contexto social en el que prevalece el autoconocimiento: “Cuando tienes molestias, vas al médico o al psiquiatra, al psicólogo o al astrólogo. Te haces de una religión, estudias filosofía, te das un empujoncito con las técnicas de liberación emocional (EFT). Equilibras los chakras; pruebas con reflexología, acupuntura, con iridología o luces y cristales. Meditas, recitas mantras, bebes té verde, aprendes programación neurolingüística (PNL), trabajas visualizaciones, estudias psicología, haces yoga, pruebas lo psicodélico, cambias la nutrición, llevas joyas psíquicas. Expandes la conciencia, haces bio-feedback, terapia Gestalt. Visitas a tu homeópata, quiropráctico y naturópata. Pruebas la kinesiología, descubres tu eneatipo, equilibras tus meridianos. Te reúnes con chamanes, practicas el feng shui. Encuentras a un nuevo gurú. Escribes afirmaciones. Pruebas el re-nacer. Tiras el I Ching, el tarot. Estudias y practicas zen. Aprendes magia. Te preparas para la muerte. Vas a retiros. ­Ayunas…”.

¿Se reconoce en alguno de estos puntos? Quizá, sin darse cuenta, es un adicto más a esa sociedad entregada al materialismo espiritual. Esta clase de personas andan detrás de respuestas a cuestiones como estas: ¿por qué no acabo de ser feliz? o ¿por qué, a pesar de practicarlo todo, mi vida sigue siendo igual? Pueden existir diferentes explicaciones, pero hay una respuesta que es evidente: porque hoy día se vive demasiado centrado en uno mismo. De tanto buscar ese tesoro escondido en el alma, uno se olvida de vivir la vida que tiene ante sus narices.

Que quede claro entonces que autocentrarse es poner la atención en uno mismo pero en exceso, observarse continuamente, escuchar y enredarse en las dialécticas mentales, atender a los movimientos de su mente y de sus emociones. Para los practicantes de cualquier disciplina que requiera interiorización, el autocentramiento es un estorbo. Dicho de otro modo, pasarse el día pendientes de todo lo que sentimos o pensamos tiene un impacto en el cuerpo y conlleva algunas dificultades:

  • Obsesión. Dar vueltas y más vueltas a las cosas, pasarse el día analizando lo que le sucede a uno y a los demás. Este estado de alerta permanente a cualquier señal emocional y del cuerpo suele acarrear hipocondría.
  • Confusión. Llega un momento en que ya no se sabe si lo que se siente es de verdad o lo que pasa es que se está tan pendiente que es fácil caer en la sugestión.
  • Disociación de la realidad. Se vive tanto en la introspección propia y en los fenómenos interiores que se desatiende lo que sucede fuera, o se interpreta como si no fuera con nosotros. La consecuencia directa de esto es un alejamiento de lo que nos rodea
  • Dificultades de convivencia. Estar tan centrados en nosotros mismos incrementa las necesidades propias y desatiende las de las personas próximas hasta el punto de distorsionar el sentido de la relación.
  • Posesión. Cuando uno solo se preocupa por lo suyo, acaba siendo poseído por sus propios fantasmas o por los llamados “demonios interiores”, es decir, que puede acabar arrastrado por sus propias pulsiones y fantasías.
  • Parálisis por análisis. Es el resultado de todos los puntos anteriores. Estar muy pendiente de uno mismo acaba por acarrear una parálisis de todo el sistema cognitivo, incapaz de tomar decisión alguna. En ese momento, la persona queda bloqueada.

Podría decirse que la paradoja de este estado es que cuanto más te centras en ti, más fácil es perderse. Y eso no solo les ocurre a los buscadores espirituales, sino a todo aquel que intenta rendir en todos los ámbitos de su vida. Tenemos tantas tareas que resolver, tantas cosas en las que pensar y estímulos a los que responder, que solo vivimos para nosotros mismos, creyendo equivocadamente que lo hacemos por culpa de un mundo que no nos deja en paz.

La sociedad del autoconocimiento es un ­indicativo de la tendencia que se da en todo el mundo que consiste en desarrollar una conciencia más extensa y plural que potencie la capacidad de cada uno de desarrollar nuevas dimensiones. Para ello hay multitud de técnicas y metodologías como las anteriormente descritas. La técnica, sin embargo, debe venir acompañada de una ética y una estética del vivir. No todo vale, no todo funciona; hay mucho engaño, falsos profetas, mucho negocio y discursos. Mucha gente confunde los fenómenos psíquicos con estados iluminativos, o se practica la incongruencia de vivir estresados durante la semana y conectar con uno mismo de viernes a domingo.

Para los apasionados del alma humana y del espíritu universal es bueno tener en cuenta que el mayor de los enemigos es un ego espiritualizado. Una vida plena y en paz requiere de un proceso de transformación personal. Uno va dejando de ser como es para convertirse en lo que quiere ser, integrando en su vida esa dimensión del “conócete a ti mismo”. Uno anda a su encuentro, allá en lo más profundo. La paradoja consiste en que para encontrarse se necesita del otro, se precisan espejos que muestren cuál es la realidad que estamos experimentando. Se requiere una manera de vivir, de relacionarse con el mundo y los demás.

Dicho de otro modo, hay que salir de uno mismo, descentrarse, para desvelar lo que pueda existir más allá de nuestras programaciones mentales y emocionales. Quienes lo logran son los que se asientan en el silencio o la contemplación, los que se entregan a un arte, los que se dan a los demás. En cada caso hay un olvido de sí mismo para que penetre el bien, lo bello y lo verdadero. Es eso lo que buscamos con tanto ahínco. En resumen: descentrarse para encontrarse.

¿Cómo cura el psicoanálisis?

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Sí, el psicoanálisis cura, reduce dolores y sufrimientos. Pero a la vez apuesta, mas allá de eso, por una transformación subjetiva. Por eso es más que una cura, es un proyecto de cambio.

¿Cómo lo hace? Esta es la pregunta que nos proponemos contestar, para que se sepa más, para difundir nuestra experiencia y ponerla a debate.

El psicoanalista confrontado con el dolor de existir orienta la cura con su ética, la que abre para cada sujeto un acceso particular a su diferencia y a su deseo. El sujeto se constituye y está alienado en el campo del Otro. En el trabajo analítico se desvela cómo cada sujeto ha respondido a lo que le fue impuesto.

Asimismo, todo sujeto es responsable de su posición subjetiva y de su deseo; esta es también parte de nuestra ética. A veces, los sujetos que abandonan no quieren saber nada de esta responsabilidad y se aferran a su posición de victima, irrenunciable.

Desde la pregunta que le hace Freud a Dora hasta la fecha, intentamos implicar al sujeto en su queja, para poder subjetivarla, para que algún día este pueda decidir si quiere lo que desea. ¿Has obrado conforme a tu deseo?

Wo Es war soll Ich werden. Donde ello era el sujeto debe advenir, un sujeto deseante y libre, en lo posible, de los mandatos ajenos.

Para algunas terapias el sujeto no existe. Existe el mandato del «traga y calla». No hay historia, no hay memoria que sitúe al sujeto en sus vínculos y en sus coordenadas simbólicas. ¿Cuál es su inscripción? Ninguna. Se actúa sobre un sujeto anónimo, sobre su cuerpo que deviene un saco que se llena, o se vacía. Reducir a los pacientes a una ecuación biológica y tratarlos como tales equivale a decapitarlos, literalmente. Es un acto de violencia en la infancia, y en la edad adulta también. Cuando eso es concebido así, cuando una madre o un médico contemplan la cuestión como un «traga y calla», no duden que allí está la clave de su patología, de su gravedad y cronificación, puesto que atenta contra la esencia misma del ser hablante. Atenta contra la subjetividad. Refleja, asimismo, una concepción muy concreta del sujeto que es colocado en un lugar de objeto pasivo del Otro.
Hay tratamientos que apuntan a la segregación del Mal. Si el fármaco puede reducirlo es porque está siempre fuera del sujeto que lo padece y hay que liquidarlo. No hay introspección ni autocrítica. El sujeto deviene un ser infantil e irresponsable, una víctima inocente que no podrá tomar partido en su cura, o en su vida.
Nuestro trabajo como analistas apunta sobre todo a contrarrestar y subjetivar este empuje generalizado y paranoide, que pretende siempre situar la causa fuera del sujeto. Esta es la apuesta y la ética del Psicoanálisis.

Daniela Aparicio

dignidad

Nunca deja de sorprenderme el elevado valor que concedemos a la apariencia, a la imagen, o a la primera impresión que nos causa alguien a quien acabamos de conocer. En nuestro empeño por tener el control del otro, en lugar del nuestro propio, lo clasificamos rápidamente en algún esquema o formato conocido, el que mejor nos permita relacionarnos con el/ella sin miedo, de forma segura o confiada. Este gesto se hace de forma tan automática y la mayor parte de las veces tan inconsciente, que ni siquiera sabemos de su ocurrencia.

Resulta curioso y hasta llamativo que se nos olvide que lo primero que vemos en alguien tiene mucho más que ver con nosotros, los que miramos, que con el recién llegado, al que aún no le hemos dado ni el tiempo ni la oportunidad de que se muestre fuera de nuestros prejuicios.  Sin la voluntad de «verlo» cada palabra o acto tendrá únicamente como destino garantizar que la primera representación que nos hicimos, sea correcta…y sea para siempre.

También se nos olvida que nuestra propia disposición hacia el otro, nuestra actitud, está en comunicación y convoca al otro, y por tanto estará determinando el tipo de personaje o relación que se despliegue.

Apenas nos interesa conocer del otro, más que lo que nos confirma, lo que encaja en nuestro modo de percibirlo. Pero sin descubrirlo, nos quedamos sin aquello que tiene para ofrecernos.

Ningún encuentro es casual sino mas bien causal. Mientras estamos distraídos con el peculiar aspecto de nosotros mismos que el otro nos refleja, la comunicación sigue su curso, y  nuestro Ser interactúa  y hace su trabajo, sin nuestro consentimiento, sin nuestra interferencia, sin nuestra participación o preparación, prestando caso omiso a esos acentos de carácter que apenas van a afectar nuestra existencia, y que, sin embargo están tan sobrevalorados.

La comunicación se está dando todo el tiempo, toda nuestra existencia está en juego en cada instante, en cada encuentro. No es únicamente el intercambio de palabras o en el diálogo más o menos preparado que intercambiamos, quizás eso es solo la excusa, aquello que hace posible que lo que tiene que ser comunicado tenga lugar. Y, sin embargo…toda nuestra atención se queda ahí.

 

Principios rectores del acto analítico. Por Eric Laurent

unas palabras bondadosas

Preámbulo

Durante el Congreso de la AMP en Comandatuba, en el 2004, la Delegada General presentó una «Declaración de principios» ante la Asamblea General. Luego los Consejos de las Escuelas hicieron llegar los resultados de sus lecturas, de sus observaciones y señalamientos. Después de ese trabajo, presentamos ahora, ante la Asamblea, estos Principios que les pedimos adopten.

Primer principio: El psicoanálisis es una práctica de la palabra. Los dos participantes son el analista y el analizante, reunidos en presencia en la misma sesión psicoanalítica. El analizante habla de lo que le trae, su sufrimiento, su síntoma. Este síntoma está articulado a la materialidad del inconsciente; está hecho de cosas dichas al sujeto que le hicieron mal y de cosas imposibles de decir que le hacen sufrir. El analista puntúa los decires del analizante y le permite componer el tejido de su inconsciente. Los poderes del lenguaje y los efectos de verdad que este permite, lo que se llama la interpretación, constituyen el poder mismo del inconsciente. La interpretación se manifiesta tanto del lado del psicoanalizante como del lado del psicoanalista. Sin embargo, el uno y el otro no tienen la misma relación con el inconsciente pues uno ya hizo la experiencia hasta su término y el otro no.

Segundo principio: La sesión psicoanalítica es un lugar donde pueden aflojarse las identificaciones más estables, a las cuales el sujeto está fijado. El psicoanalista autoriza a tomar distancia de los hábitos, de las normas, de las reglas a las que el psicoanalizante se somete fuera de la sesión. Autoriza también un cuestionamiento radical de los fundamentos de la identidad de cada uno. Puede atemperar la radicalidad de este cuestionamiento teniendo en cuenta la particularidad clínica del sujeto que se dirige a él. No tiene en cuenta nada más. Esto es lo que define la particularidad del lugar del psicoanalista, aquel que sostiene el cuestionamiento, la abertura, el enigma, en el sujeto que viene a su encuentro. Por lo tanto, el psicoanalista no se identifica con ninguno de los roles que quiere hacerle jugar su interlocutor, ni a ningún magisterio o ideal presente en la civilización. En ese sentido, el analista es aquel que no es asignable a ningún lugar que no sea el de la pregunta sobre el deseo.

Tercer principio: El analizante se dirige al analista. Pone en el analista sentimientos, creencias, expectativas en respuesta a lo que él dice, y desea actuar sobre las creencias y expectativas que él mismo anticipa. El desciframiento del sentido no es lo único que está en juego en los intercambios entre analizante y analista. Está también el objetivo de aquel que habla. Se trata de recuperar junto a ese interlocutor algo perdido. Esta recuperación del objeto es la llave del mito freudiano de la pulsión. Es ella la que funda la transferencia que anuda a los dos participantes. La formula de Lacan según la cual el sujeto recibe del Otro su propio mensaje invertido incluye tanto el desciframiento como la voluntad de actuar sobre aquel a quien uno se dirige. En última instancia, cuando el analizante habla, quiere encontrar en el Otro, más allá del sentido de lo que dice, a la pareja de sus expectativas, de sus creencias y deseos. Su objetivo es encontrar a la pareja de su fantasma. El psicoanalista, aclarado por la experiencia analítica sobre la naturaleza de su propio fantasma, lo tiene en cuenta y se abstiene de actuar en nombre de ese fantasma.

Cuarto principio: El lazo de la transferencia supone un lugar, el «lugar del Otro», como dice Lacan, que no está regulado por ningún otro particular. Este lugar es aquel donde el inconsciente puede manifestarse en el decir con la mayor libertad y, por lo tanto, donde aparecen los engaños y las dificultades. Es también el lugar donde las figuras de la pareja del fantasma pueden desplegarse por medio de los más complejos juegos de espejos. Por ello, la sesión analítica no soporta ni un tercero ni su mirada desde el exterior del proceso mismo que está en juego. El tercero queda reducido a ese lugar del Otro.

Este principio excluye, por lo tanto, la intervención de terceros autoritarios que quieran asignar un lugar a cada uno y un objetivo previamente establecido del tratamiento psicoanalítico. El tercero evaluador se inscribe en esta serie de los terceros, cuya autoridad sólo se afirma por fuera de lo que está en juego entre el analizante, el analista y el inconsciente.

Quinto principio: No existe una cura estándar ni un protocolo general que regiría la cura psicoanalítica. Freud tomó la metáfora del ajedrez para indicar que sólo había reglas o para el inicio o para el final de la partida. Ciertamente, después de Freud, los algoritmos que permiten formalizar el ajedrez han acrecentado su poder. Ligados al poder del cálculo del ordenador, ahora permiten a una máquina ganar a un jugador humano. Pero esto no cambia el hecho de que el psicoanálisis, al contrario que el ajedrez, no puede presentarse bajo la forma algorítmica. Esto lo vemos en Freud mismo que transmitió el psicoanálisis con la ayuda de casos particulares: El Hombre de las ratas, Dora, el pequeño Hans, etc. A partir del Hombre de los lobos, el relato de la cura entró en crisis. Freud ya no podía sostener en la unidad de un relato la complejidad de los procesos en juego. Lejos de poder reducirse a un protocolo técnico, la experiencia del psicoanálisis sólo tiene una regularidad, la de la originalidad del escenario en el cual se manifiesta la singularidad subjetiva. Por lo tanto, el psicoanálisis no es una técnica, sino un discurso que anima a cada uno a producir su singularidad, su excepción.

Sexto principio: La duración de la cura y el desarrollo de las sesiones no pueden ser estandarizadas. Las curas de Freud tuvieron duraciones muy variables. Hubo curas de sólo una sesión, como el psicoanálisis de Gustav Mahler. También hubo curas de cuatro meses como la del pequeño Hans o de un año como la del Hombre de las ratas y también de varios años como la del Hombre de los lobos. Después, la distancia y la diversificación no han cesado de aumentar. Además, la aplicación del psicoanálisis más allá de la consulta privada, en los dispositivos de atención, ha contribuido a la variedad en la duración de la cura psicoanalítica. La variedad de casos clínicos y de edades en las que el psicoanálisis ha sido aplicado permite considerar que ahora, en el mejor de los casos, la duración de la cura se define «a medida». Una cura se prolonga hasta que el analizante esté lo suficientemente satisfecho de la experiencia que ha hecho como para dejar al analista. Lo que se persigue no es la aplicación de una norma sino al acuerdo del sujeto consigo mismo.

Séptimo principio: El psicoanálisis no puede determinar su objetivo y su fin en términos de adaptación de la singularidad del sujeto a normas, a reglas, a determinaciones estandarizadas de la realidad. El descubrimiento del psicoanálisis es, en primer lugar, el de la impotencia del sujeto para llegar a la plena satisfacción sexual. Esta impotencia es designada con el término de castración. Más allá de esto, el psicoanálisis con Lacan, formula la imposibilidad de que exista una norma de la relación entre los sexos. Si no hay satisfacción plena y si no existe una norma, le queda a cada uno inventar una solución particular que se apoya en su síntoma. La solución de cada uno puede ser más o menos típica, puede estar más o menos sostenida en la tradición y en las reglas comunes. Sin embargo, puede también remitir a la ruptura o a una cierta clandestinidad. Todo esto no quita que, en el fondo, la relación entre los sexos no tiene una solución que pueda ser «para todos». En ese sentido, está marcada por el sello de lo incurable, y siempre se mostrará defectuosa.

El sexo, en el ser hablante, remite al «no todo».

Octavo principio: La formación del psicoanalista no puede reducirse a las normas de formación de la universidad o a las de la evaluación de lo adquirido por la práctica. La formación analítica, desde que fue establecida como discurso, reposa en un trípode: seminarios de formación teórica (para-universitarios), la prosecución por el candidato psicoanalista de un psicoanálisis hasta el final (de ahí los efectos de formación), la transmisión pragmática de la práctica en las supervisiones (conversaciones entre pares sobre la práctica) Durante un tiempo, Freud creyó que era posible determinar una identidad del psicoanalista. El éxito mismo del psicoanálisis, su internacionalización, las múltiples generaciones que se han ido sucediendo desde hace un siglo, han mostrado que esa definición de una identidad del psicoanalista era una ilusión. La definición del psicoanalista incluye la variación de esta identidad. La definición es la variación misma. La definición del psicoanalista no es un ideal, incluye la historia misma del psicoanálisis y de lo que se ha llamado psicoanalista en distintos contextos de discurso.

La nominación del psicoanalista incluye componentes contradictorios. Hace falta una formación académica, universitaria o equivalente, que conlleva el cotejo general de los grados. Hace falta una experiencia clínica que se trasmite en su particularidad bajo el control de los pares. Hace falta la experiencia radicalmente singular de la cura. Los niveles de lo general, de lo particular y de lo singular son heterogéneos. La historia del movimiento psicoanalítico es la de las discordias y la de las interpretaciones de esa heterogeneidad. Forma parte, ella también, de la gran Conversación del psicoanálisis, que permite decir quién es psicoanalista. Este decir se efectúa en procedimientos que tienen lugar en esas comunidades que son las instituciones analíticas. El psicoanalista nunca está solo, sino que depende, como en el chiste, de un Otro que le reconozca. Este Otro no puede reducirse a un Otro normativizado, autoritario, reglamentario, estandarizado. El psicoanalista es aquel que afirma haber obtenido de la experiencia aquello que podía esperar de ella y, por lo tanto, afirma haber franqueado un «pase», como lo nombró Lacan. El “pase” testimonia del franqueamiento de sus impases. La interlocución con la cual quiere obtener el acuerdo sobre ese atravesamiento, se hace en dispositivos institucionales. Más profundamente, ella se inscribe en la gran Conversación del psicoanálisis con la civilización. El psicoanalista no es autista. El psicoanalista no cesa de dirigirse al interlocutor benevolente, a la opinión ilustrada, a la que anhela conmover y tocar en favor de la causa analítica.

Traducción: Carmen Cuñat

Buscando Saber

                                                           singularidad

Determinados acontecimientos de nuestra experiencia, externa o interna, llegan a ser tan perturbadores e incómodos que nos hacen plantearnos la necesidad de buscar ayuda, de encontrar una guía con la que gestionarlos, atravesarlos, o incluso trascenderlos. Atravesarlos en el sentido de lanzar un puente por el que cruzar con menos miedo al otro lado y ver donde nos llevan. La Psicoterapia nos ayuda como un espacio libre de juicio, neutro, no personal, en el que vaciar el contenido de nuestros pensamientos y replantearnos la mirada, acceder a otra perspectiva, que apunte hacia salidas diferentes de las contempladas hasta ese momento. Espacio que hace posible ampliar o mover nuestra posición para ir más allá de nuestras dificultades y poder seguir adelante.

A través de esta guía ganamos en comprensión, lo que nos permite ir clarificando y sosteniendo de una forma cada vez más autónoma nuestro psiquismo, nuestro mundo interno.

Una guía que nos lleva a vivir nuestra experiencia en libertad, a dejar de ser esclavos de muchos de nuestros condicionamientos, tendencias o limitaciones, esclavos de nuestro inconsciente. Que mejore nuestra relación con el lado oculto o desconocido de nuestro psiquismo, dando luz a aspectos que habían permanecido oscuros o confusos en ese momento.

El propio descubrimiento o conocimiento de uno mismo que va emergiendo es el que va a ir modificando nuestra forma de experimentar lo que sucede, y por tanto nuestra forma de actuar sobre ello, sin que el «cambio» sea, en sí mismo, el objetivo al que nos dirigimos cuando buscamos ayuda a través de una terapia psicológica.

El espacio psicoterapéutico, a través de las sesiones, se convierte así en un laboratorio, en un lugar donde explorar, construir-deconstruir, atender, enfocar-desenfocar, indagar, cuestionar o descubrir nuevas formas, nuevas identidades cada vez más en armonía con nuestra esencia, con nuestra singularidad.

Acompañados por la palabra y la relación psicoterapéutica creamos circuitos nuevos por los que circular y desplazarnos sin tanto sufrimiento, sin tanta fricción. Circuitos y caminos que nos conducen de una forma más directa y por una vía más rápida al encuentro con lo que somos.

Lo invisible de lo visible

Visible de lo invisible

Aunque nuestra apreciación no detecte nada, en el aparente sosiego no deja de producirse una constante actividad. Lo que se ve y lo que no se ve forman parte por igual de lo real.

La explicación o descripción de los fenómenos a nivel físico y objetivo deja fuera una parte del conocimiento imprescindible para la aceptación y comprensión de muchos aspectos de la vida y  la supervivencia. Entender desde el interior, desde la intuición, desde la subjetividad, o incluyendo la participación de las emociones aporta un contexto que no se puede excluir.

La toma de decisiones que en muchos casos está dando  rumbo a nuestro destino está, como todos sabemos, muy influenciada por el inconsciente, así como  por muchas variables que no son siempre fáciles de constatar.

¿De cuantas cosas he sido responsable sin haber sido consciente? ¿De cuantas cosas me he desprendido o han salido de mi vida sin que yo me lo haya propuesto, sin haberme siquiera dado cuenta de ello? ¿Cuantas se han disuelto o resuelto sin mi consentimiento o mi intervención? ¿De cuantas cosas he disfrutado y no he valorado? ¿Cuantas veces he mejorado la vida de otros sin saberlo? ¿Que proporción de mi experiencia o de la experiencia de los otros ha quedado sin registro? ¿Cuantas situaciones se han desplegado para que yo practicara en ellas? ¿Cuantas circunstancias o contingencias estaban ahí dispuestas por o para mis propósitos más íntimos privados, escondidos o inconscientes? ¿Cuantas cosas están ya en marcha o han sucedido en el trascurso de llegar donde queremos llegar?…

Conviene tener este tipo de diálogo cuando nos quedamos atascados en enjuiciamientos de falta de valía,  en declaraciones de impotencia o frustración, cuando nos hacemos reproches con veredictos de falta de logro. No está todo en el saber de la razón. No olvidemos aquello de “hace más el que quiere que el que puede”, o lo de que no es lo mismo poder, que autoridad moral.

Nuestro paso por el mundo, nuestras acciones y misiones no son únicamente las que puedan quedar registradas en papel, en cifras, estadísticas o reconocimientos sociales. Los valores o creencias por las que hemos apostado, en la que hemos invertido,  afectan por igual nuestro alrededor.

Cuantas operaciones quirúrgicas en los Hospitales, por ejemplo, habrían tenido un alto porcentaje de salir mal sin la participación invisible de la integridad y el buen hacer del enfermero de turno, sin el sentir motivado del cirujano que por un momento recordó el cariño y la admiración de alguien cercano, sin el escrupuloso trabajo del profesional que limpió ese quirófano  o el rezo de algún desconocido…  Hay tantos afectos, estados de ánimo o valores invisibles, tantos incidentes desapercibidos que acompañan a los acontecimientos, al trabajo técnico, a la racionalidad…Tanto contexto mental del interior del psiquismo y lo que lo transciende…

Quizás no vendría mal en ocasiones ampliar nuestro campo de visión,  dirigir la atención al conjunto, estirar la mirada una milla más, captar lo que hasta ahora no alcanzábamos, practicar la observación integradora, atrevernos a incluir detalles de misterio, ampliar lo inexplicable según lo establecido.

Hay dinámicas y movimientos que no se perciben y forman parte por igual de la actividad humana,  sin depender de causa,  sin preocuparse de si se las tiene en cuenta o no, si cuentan o no,  si se cae en la cuenta de ellas o no.

Bien Común

                         Bien común

Según el diccionario español de la Real Academia (RAE) «bienes comunes» son aquellos de que se benefician todos los ciudadanos. 

Para empezar a pensar en los demás, en el otro, en todos, el sujeto tiene que haber terminado, y terminado bien, con una etapa centrada en sí mismo que le ayudaba a construir las bases de su psiquismo. Este proceso de individualización ha sido logrado en muchos casos a partir de la separación del otro, de convertir los condicionamientos familiares y sociales, en algo propio, dirigido conscientemente, toda vez que se hace cargo de que lo que parecen amenazas externas, a veces, no son mas que parte del material necesario para esta construcción o formación de fortalezas o autonomía personales.

El desafío personal propio de «lo que es diferente»,  no tiene porque asociarse siempre con su función negativa, en cuanto que amenaza a lo que hay, a lo que soy, como amenaza a lo establecido, percibiéndolo como posible pérdida de poder. En ocasiones lo diferente cumple con una función positiva, en cuanto que ayuda a integrar las sombras, lo que hemos dejado o proyectado fuera de nosotros mismos, lo que no sabemos como digerir o elaborar, lo que aún no hemos comprendido bien de nuestro carácter, pudiéndolo recibir entonces como elemento para una comprensión mayor. Una mirada así haría posible encontrar lo que nos está ofreciendo, en lugar de enfocarnos en el miedo por lo que ello pudiera quitarnos. 

Cada vez más, el auto-conocimiento,  la responsabilidad y compromiso con uno mismo se están mostrando imprescindibles para poder llegar a hacerse cargo de responsabilidades mayores. 

La cualidad de estar orientado al bien común forma parte de muchos discursos, tanto en círculos políticos como intelectuales o educativos. Tener en cuenta las necesidades del otro es siempre un sello de alto nivel de evolución, de grandeza o altruismo. Pero las apariencias no siempre se corresponden con la realidad y arrogarse esta cualidad puede ser tan solo una pose que viste bien. Es entonces cuando es difícil discernir su veracidad al escuchar este tipo de discursos, puesto que el alma humana anhela y necesita creerlo como verdad, esta ávida de creer en lo bello y lo bueno de su naturaleza.

Para algunos «muy entrenados» es fácil distinguir cuando una persona ha acabado con la importancia personal y lo que dice o hace no está ya más al servicio de su propio ego, o sus intereses privados sino que procede de la certeza de que lo que no se comparte, se pierde.

Una manera fácil de estar prevenidos de esta falta de discernimiento consiste en comenzar a ser eso queremos ver y creer en los otros, comenzar a ser ese cambio sobre el que quiero escuchar. De esa forma es fácil detectarlo, pues lo semejante se atrae y es fácil de reconocer.

Otro indicador muy útil consiste en buscar la coherencia entre lo que la persona a la que escuchamos dice y hace. A veces observar detalles tan pequeños como el trato que esa persona da a sus propios padres o a sus propios hijos, por ejemplo, ofrece mucha información sobre la veracidad de su orientación hacia el bien común, ya que estas han sido o son las primeras micro comunidades con las que aprendieron, y es entonces fácil distinguir si sus propuestas están en la misma línea.

Y la tercera y última manera de entrenar nuestro discernimiento y tener garantía de que no vamos a ser engañados es detenernos a mirar a la multitud de personas que de una forma silenciosa e invisible en la mayoría de los casos se dedica cada día a hacer su trabajo para que todo funcione, practicar esto con el fin de acostumbrar o entrenar nuestra mirada en detectarlas y reconocerlas, de manera que no pasen desapercibidas. Este tipo de personas están por todos lados, en todo tipo de ocupaciones. Lo que las mueve y está en la base de sus decisiones es que con sus acciones todos ganen.